CRÓNICAS DE FÁBRICA DE UN TIEMPO IDO

SOBREVIVIRÁS A TU EMPRESA

 

 

CRÓNICAS DE LA GRAN CORPORACIÓN

      El mundo, en este 2009, vive una profunda recesión económica. Los pronósticos son muy variados según vengan de un lado o de otro. En España la competitividad se ha basado siempre en salarios bajos y no en aportes tecnológicos, y esto siempre es muy arriesgado. En cualquier caso muchos de los cambios que se consideran necesarios al día de hoy ya se apuntaban en 1980. Se repite aquello de “los problemas pueden esperar. Todavía no son más que demasiado urgentes” Muchas personas se lanzarán al mercado laboral, otros, como consecuencia de la crisis, perderán el suyo. Y se producirán cambios. Nadie puede dar soluciones o previsiones fiables porque, si alguien conociera la solución a los problemas económicos, no lo divulgaría y trataría de sacar partido a su favor.

     “Hay quien asegura que las tecnologías de la información y la automatización creará nuevos productos, nuevos mercados y nuevo crecimiento económico. Otros opinan que la situación es intrínsecamente diferente de anteriores procesos tecnológicos y que es probable que haya crecimiento económico sin una sustancial creación de puestos de trabajo.” (Informe del Club de Roma-1993)

     En 1980 se publicó en España “La tercera ola”. En ella su autor, Alvin Toffler, comparaba los tres estadios de la Humanidad, siendo la Primera Ola La Agricultura, la Segunda La Industrialización y la tercera, que solo implicaba a los países industrializados, La Tercera Ola. Esta última contemplaba, entre otros cambios, una humanización de las relaciones laborales. Algo por lo demás muy urgente para cuidar la salud de los ciudadanos. Estamos en el año 2009. ¿Se han producido esos cambios? Cada vez un mayor número de personas desean un trabajo más gratificante aunque sea a costa de un sueldo menor.

     “La teoría de la evolución de Darwin pone de manifiesto que las especies que más capacidades tienen para adaptarse a los cambios son las que están en mejores condiciones para sobrevivir. Las empresas neandertales han dominado el panorama empresarial durante años, basando su funcionamiento en la jerarquía y la burocracia, que ahogan el pensamiento, el talento, la capacidad de cambio y cualquier atisbo de innovación. Durante las últimas décadas han aparecido otro tipo de empresas, las cromañonas, más flexibles, rápidas, ágiles, innovadoras, humanas y con mayor capacidad de aprendizaje. Aunque todavía no se han extinguido, la mayoría de las empresas neandertales están en peligro, a pesar de que la inercia y el tamaño de algunas de ellas puedan hacernos pensar lo contrario. La crisis que estamos viviendo muestra la llegada de un horizonte en el que el concepto de empresa debe cambiar y remodelar ciertos paradigmas trasnochados que ya no funcionan. Este libro te abre el camino para crear una cultura que genere nuevos modelos mentales y otras visiones evolutivas. (Culturas Innovadoras 2.0- Juan Carrión)Este último es un libro aconsejable, más a los empresarios que a los que busquen trabajo, porque estos, desgraciadamente para ellos, tendrán que aceptar lo que les venga.

 

 

        “Actualmente, los pueblos que conforman todas las grandes civilizaciones se inclinan por interpretar literalmente sus propias figuras simbólicas, y a observarse a sí mismos como favorecidos de alguna manera, en contacto directo con el absoluto…… La Meca, Roma, Jerusalén han sido, durante siglos y cada una a su manera, el ombligo del Universo, directamente conectadas con el Reino de la Luz o con Dios. No obstante, en la actualidad nada de ello puede ser tomado en serio por nadie, por muy básica que sea su educación. En ello reside un serio peligro… ya que la lectura literal de las formas simbólicas ha sido desde siempre el soporte de sus civilizaciones, de sus órdenes morales, de su cohesión, vitalidad y poder creativo. Con la pérdida de ellos aparece la incertidumbre, y con dicha incertidumbre el desequilibrio, ya que la vida, como Nietzsche e Ibsen sabían, requiere de ilusiones que la sostengan; donde estas han desaparecido no hay nada seguro a lo que asirse, no existe ley moral ni nada firme. (Los mitos- Joseph Campbell)

     Antes existían los artesanos, las hermandades. El carpintero se implicaba en su trabajo desde el corte del árbol hasta la venta de la silla. Había una percepción de pertenencia a un grupo. En muchos nacionalismos, del tipo que, ante una boñiga de vaca, lloran desconsoladoramente nostálgicos, existe el mito de una edad de oro, generalmente agrícola. Obviando que en esa Arcadia feliz había hambre, enfermedades, suciedad… Y es que, de siempre, el relato más elemental se ha ilustrado con una sola palabra: Felicidad. Cuando miramos a los campesinos de un cuadro de Brueghel no apercibimos la suciedad, los malos olores, por eso nos parecen idílicos. Pero el ser humano necesita historias con fuerte poder narrativo, aunque mientan, pero sostienen. Son las historias del Arquetipo del hombre corriente. Para sobrevivir, La Gran Corporación, una empresa arcaica, con planteamientos desfasados en todos los aspectos, necesita un mito, algo que se pueda contar, ya que no alrededor del fuego, en un Casino de Provincias, que es su sustituto, y la tribu sigue siendo la misma. Y escucharán si el relato es bueno. Y en el caso del Casino si, además, han tenido suerte a las cartas y se han tomado cuatro o cinco “chatos” con sus correspondientes tapas. Estas Crónicas de La Gran Corporación han sido elaboradas por unos estudiantes de Cine a los que un jefecillo llamado Rojas ha prometido emplear en las instalaciones de La Gran Corporación con un sueldo de 8.000 euros mensuales, veinte pagas. Y los otros se lo han creído y no han cobrado ni un euro por su trabajo. Enseñanza a tener en cuenta: no le entregues tu trabajo al primer mercachifle de la empresa. Se lo apropiará. ¡Y el caso es que este tipo de sujetos medran en todo tipo de situaciones! Según el aire que sople o bien van a misas y rosarios mil, o bien incitan a quemar una iglesia. Pasarían de la Gestapo al KGB sin perder su sonrisa de perpetua felicidad. Porque, seamos francos, desde 1917 ya se sabe que las revoluciones derrocan un gobierno y crean otro de las mismas características. El resultado de todo esto fue “Las Crónicas de La Gran Corporación”

     “Se ha especulado mucho sobre la fecha, el período histórico, al menos aproximado, en el que surgió La Gran Corporación. Ello ha provocado encendidos debates entre los más Eminentes Eruditos de todo el mundo, todos ellos con 9 o 10 titulaciones Universitarias, tanto en la rama de Letras como en la de Ciencias. Pero, ante la falta de consenso de tan ilustres varones, se ha optado por considerarla anterior a cualquier asentamiento humano. Quizá el Buen Dios quiso hacerse perdonar este nefasto y caótico mundo, un mundo donde reina la improductividad, y, en compensación, creó La Gran Corporación, un Paraíso Electromecánico regido por infinidad de prescripciones y proscripciones, y decenas de secciones de fabricación que se extendían a lo largo de kilómetros y kilómetros. (Los cálculos sobre su extensión, que parece ser que incluía dos provincias, no eran exactos. Tampoco lo eran el número de Secciones de Fabricación, estimado en 800. Incluso se decía que, en una aventurada expedición por lejanos dominios de La Fábrica, se había encontrado la Sección 2, una joya de la Mecánica de la época de la Segunda Revolución Industrial, aún en funcionamiento, movida solo por vapor y atendida por vetustos y renqueantes obreros vestidos de levita y bombín).

     Era tanto el poder y el prestigio de La Gran Corporación, con sus propios órganos de poder e incluso su propia legislación, que servía como faro y guía a esa masa informe y nada productiva que constituye la raza humana. En cientos de kilómetros a la redonda, los alcaldes y autoridades de todo tipo rendían pleitesía al Supremo Director besándole la mano y sirviéndole de alfombra. 

     Los obreros eran sencillos, ingenuos, serviciales y amantes y amados por sus mandos, de los que cada mañana recibían un caluroso beso en la boca, con lengua. Los mandos velaban en todo momento por la pureza de sus costumbres, tomando por ellos todo tipo de decisiones, tanto en el aspecto laboral como en el familiar.

     -Mira Luís dile a tu mujer que hoy haga lentejas y boquerones fritos, que están muy bien de precio.

     Y los hijos del Luís recibían una bofetada de su padre por quejarse de estar comiendo lentejas 14 meses seguidos.

     – ¡Vosotros qué sabéis de la vida! ¡Ha sido un consejo de mi ingeniero, un hombre que ha leído muchos libros técnicos!

     ¡Cuanta razón tenían estos sencillos obreros!

     Y es que las clases inferiores, estigmatizadas por la naturaleza según un Orden Divino, eran incapaces de decidir por sí solas, lo que las hacía sensibles a la difusión de ideas perturbadoras del orden existente. 

     Según un antiquísimo privilegio, recogido en un valioso códice del Siglo XIII, los mejores obreros tenían la fortuna de que sus viviendas estuvieran dentro del Recinto Fabril intercaladas entre las máquinas, y, por supuesto, sin interferir en el funcionamiento de estas. Aún más, todas las viviendas encerraban entre sus paredes, al menos, una máquina, de cuyo cuidado se encargaban las laboriosas amas de casa, que anteponían esta sacrosanta tarea a las inútiles labores propias de su sexo.

     Por descontado, en caso de avería de la máquina se ocasionaba tan fuerte conmoción en la desdichada familia que, todos unidos, procedían a su reparación, no concediéndose descanso hasta verla funcionar de nuevo a completo rendimiento. En premio a esta labor el operario recibía el honor de que la máquina a su cuidado llevara su nombre. Y, al morir, a ser enterrado junto a la máquina, acompañado por una grabación digital de los informes de las averías en las que intervino.

     Otro motivo de dicha para aquellos felices obreros era que, al vivir entre las instalaciones, al finalizar su jornada de trabajo diaria evitaban el peculiar y terrorífico cambio del mundo armonioso de la Fábrica al degradado mundo exterior.

     Y era bueno, y necesario, que el obrero naciera y muriera sin trasponer más que en contadas ocasiones las verjas que circundaban la Fábrica, arrullados, en todo momento, por la melodía cadenciosa de las máquinas y el perfume embriagador de las grasas y aceites de las máquinas, amén de los distintos productos que allí se fabricaban. Melodías y aromas tan ligados a la vida de todos ellos, que una simple parada de las instalaciones los perturbaba grandemente. (Por cierto, los obreros establecían interesantes competiciones entre ellos para distinguir un producto por su aroma y una máquina por su melodía)

     Un obrero era hijo de otro obrero, y este a su vez lo era de otro… y así hasta el principio de los tiempos. El neófito era bautizado en la capilla de la Fábrica ungiéndolo con los aceites y grasas de uso común. Crecía bajo la custodia y vigilancia de capataces de probada santidad y productividad, para que les enseñaran los parcos rudimentos de inútil cultura, profundos conocimientos sobre máquinas y mecanismos y, sobre todo, el Credo de la Producción.

     Tan pronto eran útiles a la Organización se incorporaban a la Plantilla. Para evitar un exceso de personal, habida cuenta que los obreros suelen ser muy prolíficos, la plantilla se regulaba por un riguroso control de la natalidad según Normas de los Supremos Mandos. Estos, considerando las fechas de fertilidad de las hembras, decidían el momento en que cada pareja podría cumplir el débito conyugal, previa petición redactada según Norma dictada al efecto

     De: El humilde operario Antonio Molero

      A: Señor Capataz de la Sección 346.

        “Ruego de su extrema bondad me sea concedido el permiso para trajinarme a mi mujer, habida cuenta de que el anterior permiso me fue concedido hace 14 meses.”                                

     El acto sería supervisado por los mandos de 2º Nivel, o, en su defecto, los capataces más experimentados. Tiempo concedido, para evitar la lascivia, 1 minuto. En el caso de que una pareja hubiera cubierto su cupo de aprendices (las niñas eran futuras paridoras de aprendices) y el deseo carnal del hombre muy intenso, lo que le distraería de su labor de producir, estaba previsto se desahogaran con operarios de inferior nivel, a lo que estos se prestaban muy gustosos. Aunque amarrados y con la boca tapada.

     Y, finalmente, cuando sus envejecidos cuerpos no soportaban el ritmo de trabajo requerido y, por ende, ya no eran útiles a la Organización, merced a la ayuda de sus familiares y unos almohadones colocados sobre la cara, entraban dulcemente en otra dimensión (aunque algunos oponían cierta resistencia, con ribetes de anarquismo e insultaban a sus familiares, siendo muy corriente que se escuchara un grito que parecía decir:¡hijos de putaaaaaaaaaa!), deseosos de reencarnarse de nuevo en un modélico obrero de la Gran Fábrica.

     Así, por toda la Eternidad.

     Todos los días, al terminar la jornada laboral, cosa a la que los obreros accedían, aunque a regañadientes, estos sencillos seres gustaban de pasar sus horas de asueto entre las instalaciones, en agradable tertulia con sus compañeros, comentando las incidencias laborales del día, máquinas que habían reparado, repuestos que habían utilizado. Y al llegar los domingos, después de la gigantesca misa oficiada por cinco jesuitas, Teólogos en Ingeniería, era costumbre que todos los obreros, con sus familias, fueran de excursión a lejanas Secciones de la Fábrica. Allí, mientras las mujeres preparaban las ensaladas y paellas entre las más extrañas y desconocidas máquinas, los obreros y sus hijos curioseaban entre los ingenios mecánicos preguntándoles a los operarios de turno sobre sus características. E incluso, en caso de avería, ayudaban a repararlas. Los aprendices miraban orgullosos a sus progenitores soñando, no con inútiles aventuras propias de parásitos de la Sociedad como hacían los niños del exterior, sino con el mundo mágico de la Fábrica.

     Todos los años, por Navidad, en cumplimiento de una antiquísima Norma reflejada en otro Códice (posiblemente fechado en el S.XIV a juzgar por las últimas investigaciones) el día de Nochebuena debía amanecer nublado y un manto de nieve cubriría todo el Complejo, de donde, tras ser bendecidos por los sacerdotes para no ser contaminados por el mundo exterior, salían todos los obreros llevando de la mano a sus hijos hasta los asépticos y cruelmente des maquinados lugares donde vivían los Supremos Jefes. Y sabed que vivían allí muy a su pesar, porque es seguro que ellos habrían preferido morar entre las instalaciones de la Fábrica, en una pulcra y modesta vivienda, pero una serie de despiadados preceptos lo impedían.

     Desde las verjas exteriores de estas mansiones los obreros y sus hijos contemplaban, maravillados, a los hermosos vástagos de los Supremos Jefes, preciosos zagalillos de pelo rubio ensortijado, ojos azules y tez de porcelana, jugando con sus trenes y coches eléctricos, muñecas y otras tantas maravillas pensadas para recrear a tan ilustres infantes. Al poco, aquellos Príncipes de la Industria, arrojaban caramelos de pobre a los aprendices, dando por terminado el espectáculo.

     Pero hubo una ocasión en que no sucedió así. Los feos y casposos hijos de los obreros no recogieron los caramelos, abstraídos como estaban en la contemplación de los juguetes. ¡Los querían para ellos! ¡Y lo gritaban! Tal como suena, ¡lo gritaban! Sus padres, temerosos como buenos obreros que eran, se los llevaron de allí. Y ni que decir tiene que al día siguiente fueron duramente amonestados por sus guías espirituales o capataces, que les impusieron duras penitencias que todos cumplieron agradecidos.

     Pero, a partir de entonces, la semilla del inconformismo fructificó y se enseñoreó de aquellas sencillas almas.

     Y, tras el inconformismo, llegó la infelicidad, el deseo, la ambición. Porque, en su ceguera, no solo pretendían para sus hijos juguetes como los que acababan de enseñarles los infanzones, sino el mismo tipo de ropaje y de manjares que estos consumían.

     Todo el Orden establecido desde el principio de los Tiempos se derrumbaba. A partir de entonces, aquellos, otrora, sencillos obreros, se entristecieron. Ya no reían las sencillas bromas que se gastaban, ni cantaban hermosas canciones sobre la producción, ni solicitaban ampliar, gratuitamente, su jornada de trabajo en pro del engrandecimiento de la Fábrica.

     Tan desconsoladoras noticias dejaron anonadados a los Miembros del Gran Consejo Superior de la Gran Fábrica. Su Mundo se desmoronaba, había que hacer algo.

     Ante situación tan anómala todos los jefes con títulos universitarios, sin excepción, se lanzaron a elaborar largos y cerebrales informes en los que, a través de complicadas fórmulas matemáticas con cientos de variables, amén de multitud de gráficos, intentaban demostrar la imposibilidad de tal hecho.

     Pero los obreros, legos en Ciencias y, posiblemente, llevados por un infantil berrinche contra sus benefactores, y contra tan exactos estudios, no cedieron en su actitud, golpeando duramente los principios matemáticos que regían sus vidas.

     Fue aquella una hora crítica en los destinos de la Fábrica. Muy, muy crítica.

     ¡¡LOS OBREROS HABÍAN DEJADO DE SER FELICES!!

     La noticia causó gran conmoción en los ambientes industriales y financieros del país. La Bolsa bajó 15 puntos, los diputados permanecieron reunidos durante toda la noche en el Congreso, se hicieron rogativas, el Ejército quedó acuartelado, 12 Accionistas de la Fábrica se suicidaron.

     Finalmente, un eminente psicólogo, después de un profundo estudio, resultado de multitud de entrevistas, dio con la solución. Los obreros habían dejado de ser felices por sucumbir al terrible pecado de la envidia. Envidiaban a los Jefes: los juguetes de sus hijos, su elegante ropa, sus mansiones. Todo eso lo querían para ellos.

     Los Supremos Jefes quedaron en un apesadumbrado silencio. Lágrimas amargas se deslizaron por las mejillas del Supremo Director.

     – ¡Este es el pago que recibimos por tanto bien como hemos derramado sobre ellos! ¡OH, ingratos, desagradecidos, desleales e infieles hombres, no os merecéis nuestro aprecio! – y quedó en una trágica postura de abatimiento, postura reglamentada en la Norma “Expresión de Sentimientos – Apartado Mandos Supremos”, por lo que fue imitado por el resto de sus colaboradores.

     – Pero – prosiguió el psicólogo – no podréis olvidar lo brutos e ignorantes que son los obreros, por tanto es vuestro deber el hacerles saber los sinsabores, dolor, preocupaciones, e inmensa soledad que conlleva ser designado por la Divina Providencia para sufrir la pesada carga del Poder, de dirigir el Destino de los menos capacitados. El Poder, todos lo sabemos, es un pesado lastre que coarta la Libertad de los seres humanos, que limita sus vidas y los hace infelices. El Poder, señores, es un castigo, una condena.

     Y los Altos Consejeros y Mandos de la Fábrica lloraron amargamente su destino y, sobre todo, lloraron su ignorancia por haber desconocido lo tremendamente desgraciados que eran.

     – Dios – continuó el Excelso Psicólogo – os ha impuesto ese doloroso Vía crucis para que procuréis la felicidad de vuestros obreros acá en la tierra. Haced que ellos sepan de vuestros sufrimientos, de vuestra resignación, y de este modo conseguiréis que, dentro de sus lógicas limitaciones, comprendan y acepten su destino.

     Así se hizo.

     Y la Verdad se abrió camino en las obstruidas mentes de aquellos obreros. Y comprendieron. Y lloraron amargamente su pecado de Envidia. Pero, sobre todo, lloraron por el Inmenso Sacrificio de sus Bienhechores.

     – Hermanos – se dijeron – no es justo que nuestros apreciados jefes soporten, ellos solos, el peso Cruel del Poder, que inmolen sus vidas en aras de nuestra felicidad. Nosotros, con nuestros sucios deseos, hemos herido sus corazones. Hagámonos dignos de su perdón, liberémosles de esa pesada carga y que, en justo castigo, recaiga sobre nosotros. Vayamos al Sagrado Edificio de la Dirección.

     Y aquellos torpes y rústicos ganapanes tuvieron la osadía de hollar con sus sucios zapatos el suelo, sagrado para ellos, de la Suprema Dirección. En un primer momento quedaron paralizados por el respeto que les infundía aquél Santuario, pero luego, aquella sucia, desarrapada y equivocada chusma sacó de sus despachos, es cierto que con delicadeza, a todos los Supremos Mandos obligándolos a marchar a sus mansiones con la intención, seamos justos, de que pudieran disfrutar del Descanso y la Felicidad que, hasta entonces, les había negado la Divina Providencia. Y los Supremos Mandos, aunque temerosos de ir contra los Designios Divinos, aceptaron el hecho consumado.

     Aquello fue el principio del caos. Todos los obreros, guiados por su amor a la Empresa y en su desmesurado deseo de servirla, querían asumir la pesada carga del poder. Ello motivó largos y tediosos debates durante, y eso era lo grave, las horas de la jornada laboral, causando el natural desasosiego entre los obreros, alejados de su fin primigenio: la producción.

     Pero las discusiones proseguían y proseguían, e incluso hubo conatos de agresión cuando los más insensatos intentaron inmolarse ellos solos en beneficio de la comunidad, ocupando los vacíos despachos de los Supremos Mandos, dando por hecho lo que no tenía el necesario refrendo divino.

     Pronto surgió la discordia entre aquellos hermanados obreros. Y la discordia trajo la violencia. Y la violencia alteró los esquemas de producción hacia sus valores más bajos. Y la caída de la producción les produjo gran desasosiego y remordimientos. Y estos remordimientos los llevó a entregarse a la bebida. Y la bebida excitó sus apetitos carnales, desembocando en un sexo desenfrenado, lejos de la función reproductora de mano de obra que era su finalidad. Un mundo sencillo y equilibrado estaba a punto de desaparecer. Afortunadamente los Supremos Mandos, amantes de aquellos chiquillos inconscientes que eran sus obreros, fieles a sus compromisos con la Divina Providencia y ayudados por los Guardianes del Orden Sacrosanto, convencieron a aquellos pobres descarriados de que los Designios Divinos eran inapelables e inalterables. Y aquellos sencillos seres, guiados por los guardianes del orden, fueron a unos viejos y mugrientos edificios, lloraron… y lloraron… y lloraron. Luego, una vez curados de sus heridas, y con el perdón de sus bienhechores, se reintegraron a sus tareas, dando de sí todo lo que podían, y aún más, ya que, ahora, eran alentados, un tanto bruscamente, ellos se lo habían buscado, por los Guardianes del Orden.

     Y la felicidad y el Orden volvieron de nuevo a aquella dulce y sencilla comunidad que nunca, nunca más, intentó desmarcarse de la humilde senda que el destino le había marcado.

     Así fue. Y así será, por siempre.”

     Tags recesión, salarios, tecnológicos, laboral, crecimiento económico, relaciones, neandertales, jerarquía, burocracia, cromañonas, Corporación, informes, Poder, Envidia,

 

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